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La historia contemporánea de Navarra ha estado profundamente marcada por la importancia del movimiento carlista en esta tierra. Cerca de Estella se alza Montejurra, símbolo sin igual para los carlistas de todo el Estado. Pero también la propia villa Puente la Reina y todo el valle de Valdizarbe han sido un enclave tradicionalmente ligado al carlismo, con un importante número de partidarios y con una incuestionable importancia estratégica en los sucesivos conflictos del siglo XIX. Basta con echar un vistazo a los altos que circundan la propia Puente la Reina/Gares para darse cuenta de ello. Desde estas páginas, os animamos a un pequeño recorrido histórico y turístico por el pasado carlista de Puente la Reina, con algunas pinceladas acerca de los diferentes restos de fortificaciones del siglo XIX que nos podemos encontrar.
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Buena parte del siglo XIX estuvo marcada por las guerras contra Napoleón, realista y carlistas. Situada estratégicamente nuestra villa en un cruce vial importante, se convirtió en centro de operaciones. Desaparecieron de los altos las ermitas que habían venido protegiendo a la población y sus campos, sustituidas por fortines y "reductos" militares armados con cañones y obuses destructores.
En 1833 era batida en Pamplona una moneda con la efigie de Fernando III por la gracia de Dios rey de Navarra. Al fallecer aquel mismo año, se disputaron el poder los liberales de Isabel II, y los absolutistas o carlistas de Carlos María Isidro de Borbón.
Estalló nuevamente una guerra en la que la plaza de Puente la Reina jugó un importante papel. Las tropas cristinas estuvieron permanentemente de guarnición en la villa, con una columna mandada por el conde de Viamanuel, que apresó una noche a casi todos los sacerdotes y vecinos acomodados. Mandaron armar con aspilleras o troneras para la fusilería las casas al norte del Crucifijo, la tapia de la calle que da al Reducto y las tapias del monasterio del Sancti Spiritus. No evitaron que los carlistas de Zumalacarregui ocuparan el convento de los sanjuanistas, obligándoles a pagar una multa de 40.000 reales para salvar la vida del superior, Ildefonso Úriz (1834). Especialmente famoso se hizo el sitio puesto por los carlistas en Julio de 1835. Los cristinos avituallaron la plaza con muchos víveres y municiones para una guarnición de mil hombres. El general carlista Eraso la cercó y trató de rendirla con fuego de artillería. Pero los liberales asaltaron por sorpresa una batería carlista, mataron a los artilleros con su comandante, y se apoderaron de morteros, obuses y municiones. Los sitiadores se retiraron.
Esta sucesión de guerras mudó la faz tradicional del entorno puentesino arruinando al municipio y sus vecinos. Víctimas directas de los conflictos fueron los edificios religiosos que desde las alturas presidían la vida de los agricultores. La ermita de Arnotegui en Obanos cambió de aspecto y se convirtió en fortín. El alto puentesino contiguo, probablemente coronado por una cruz, a juzgar por el nombre vasco Argurutz ('cruz de piedra') con que fue conocido, emuló al contiguo de Obanos y en su cima se alzó un fortín, cuyas murallas arruinadas se "rnalnantienen" en pie. La ermita de Murugarren desapareció definitivamente, sustituida por un "reducto militar". Sus fosos, desnudos de piedra, están a la vista. Igual les ocurrió a San Gregorio y Santa Águeda, las basílicas de las alturas.
Extracto de Jimeno Jurío, José María, Puente la Reina. Confluencia de rutas jacobeas, Pamplona, Gobierno de Navarra, 1999 (Panorama, nº 29). (Queremos agradecer a Roldán Jimeno las facilidades que nos dio para acceder a este material).
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